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Elogio a Charly y su tango

García y su vínculo con el tango

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Elogio a Charly y su tango

¿Qué decir de Charly y el tango? Que ya desde pequeño, a través del trabajo de su madre, se acercaba a los tangueros. Que después vino “Canción para mi muerte”, que armó un “Tango en segunda”, que más adelante le escribió “A los jóvenes de ayer”, que título discos o que luego sentenció “escucho un tango y un rock y presiento que soy yo”. Las referencias pueden ser numerosas.

Es cierto, lo de Charly no es un tango tal como lo conocemos. No hay farolito, percanta, ni viudas de Gardel. Sin embargo, canta: “Nadie pudo ver que el tiempo era una herida”. Y allí el círculo se cierra una vez más. El reloj de plastilina de García es el retrato de la mina en “Mi noche triste”. El tiempo es veloz, se deforma y solo quedan objetos, fragmentos de lo que fue. El tiempo en clave de tango.



El gesto de Charly hacia el tango es plástico. Un pincel grueso que, como en los impresionistas que veían sus árboles, ríos y senderos con naranjas o amarillos hipervibrantes, rearma el campo natural de los significados tangueros. Los rearma y sangra en la misma clave que canta el tango cuando la experiencia de la condición humana se hace carne y alumbra el hilo de luz, en la fractura entre la realidad y lo verdadero. Mundo Discépolo.

Charly y su actitud tanguera.

Charly hace un tango propio desde una plataforma de literatura pop. Un tren, una estación, la ciudad, dos tipos en un bar, una mujer, bicicletas, el cine, un calefón. ¿Quién se atreve a asegurar que eso no debería ser parte de un tango? En muchos casos, lo fue.

El paso del caminante -el “flaneur”- que en siglo XIX asentaba en sus zapatos Baudelaire, Charly lo repite pero en una Buenos Aires que huele a tango y a rock (“En Buenos Aires se ve que ya no hay tiempo de más”) y gesta su filosofía -¿barata?- con zapatos de goma (“salgo a caminar y sigo imaginando…”).

No piensa en el tango, lo hace en su andar. Allí está su profundo gesto heredado de la cultura pop, tributario indefectiblemente del modernismo baudeleriano, esa avalancha de construcción y procesamiento de todos los materiales disponibles y un resultado que, como no podía ser de otra forma, incorpora al tango.

El tango, con sus credenciales de caballero, debería reconocer ese uso de García.

Charly no es un genio, es un artista, y eso es muchísimo. Es inconmensurable, inabarcable para la categoría de “genialidad”. Su trabajo impone al campo artístico una vara en altura. Los artistas de tango no están exentos de esa medida.

Que Charly haya construido una actitud tanguera con su música no sólo merece un reconocimiento al tango como ese fondo que se vislumbra en su obra sino que es esencial valorar el gesto de García que, con sus hechizos, expandió el significado de los asuntos humanos. Y también lo hizo con el tango cuando décadas atrás parecía que el color de ese género se reducía solo a “bronceados de domingos familiares”. Lo hizo, abrió la paleta y pintó con el tango. Por eso lo celebramos, por eso agradecemos, por su mezcla milagrosa.

Gracias Charly.

Fractura Expuesta

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