“Los estados volcánicos” de un cantor de tangos: los poemas de Julio Sosa

Una selección de los poemas que escribió Sosa y que dio a conocer en Dos horas antes del alba, el único libro que el cantor publicó a mediados de la década del ’60, meses antes de su fallecimiento.
12 enero, 2026

En 1964, poco antes de su trágico fallecimiento en un accidente de tránsito, el cantor Julio Sosa presentó su único libro.

Se trata de Dos horas antes del alba, un poemario que contiene una veintena de escritos que Sosa compuso para, según él, activar una válvula de escape al dolor o contener “el mandato de la alegría” (¿la fama, la farra?).

El amor, la naturaleza, el desencanto, la madrugada y una marcada vertiente erótica configuran el paisaje de un libro que muestra “los estados volcánicos” del cantor nacido en Uruguay.

La portada del libro de poemas de Julio Sosa

En su nota preliminar, Sosa dice:

“Poder escribir ha sido siempre una válvula que alivió la tensión de volcánicos estados anímicos o mortales depresiones morales.

Cuando mi alma a punto de asfixiarse o mi corazón a punto de estallar bajo el mandato de la alegría o el lapidario peso del dolor (más por éste que por aquellos), necesitó de la sangría que la aliviara, mi pluma obró el milagro de devolverme la paz, me enseñó a enfrentar la vida con más valor y a mirar a mis semejantes con ojos más buenos”.

Y concluye: “Tampoco puedo afirmar si está bien o mal escrito; pero puedo jurar, en cambio, que es un libro sincero”.

El error

El erótico error de mis padres
me dio luz, yo me llamo Fracaso…
es mentira que tengo otro nombre
por más que lo diga, lo grite o lo ladre
el severo y absurdo papel de un juzgado…

Fui un orgasmo fatal de un momento
fui un instinto morboso y malsano
y pasé de mi padre a mi madre
por un tubo convulso y enfermo
una noche, hace ya treinta años…
Pude estar encerrado en el vidrio
de la feria brutal de algún sabio.

Por error he nacido y existo
sin poder ayudar a la ciencia
conservado en el fondo de un frasco…

Pude ser una obra suprema
de monstruosa fealdad, una bestia,
pero tengo un defecto que impide
consumar tan macabra belleza…

Y es que en mí, tan deforme y enfermo
puso Dios con crueldad manifiesta
la espantosa salud de un cerebro…

Soledad

Hoy el sol ha golpeado con sus cálidos dedos
los cristales opacos de mi vieja ventana.
Dos gotas temblorosas del nocturno rocío
desde el vidrio me miran en la tibia mañana.

Todo es luz y alegría, y color y sonido,
todo es vida en el campo. Precursora de estío
Primavera ha llegado con dorados pinceles
decorando las flores, alegrando los nidos.
Derraman los panales el amor de sus mieles
que acechan cautelosos zagales escondidos.

Vuela rauda una alondra transportando en el pico
la razón de su vida hacia el verde follaje
y vibrando hacia el cielo su invisible cordaje
se oye grave y sonora la garganta del río.

Dos cachorros lebreles se disputan la presa
matizando la lucha con viriles gruñidos
todo es luz y alegría y color y sonido,
Primavera ha llegado y al entrar en mi pieza
se detuvo indecisa; la ahuyentó mi tristeza.

Más allá de mi puerta ya no hay más flores mustias.
Primavera ha llegado pero entrar no ha querido
porque ha visto, en mi angustia, que tú ya te habías ido…

La búsqueda

Otra vez el agónico beso
semejante y distinto en cien bocas.
Otra vez el orgasmo demente
y una nueva esperanza que aborta.
Otra vez el cadáver de un sueño
naufragado en un lago de esperma.
Lujurioso y sediento, el cerebro
sublimiza las frases obscenas.
Otra vez la caricia crispada
en la mórbida carne de seda.
Nuevamente las mismas palabras
siempre iguales mintiendo promesas.
Otra vez el temblor convulsivo
precursor del abismo adorado.
Siento en mí la presión de tus muslos
un inmenso collar nacarado…
El marfil estatuario del vientre
es testigo del húmedo beso
que palpita en mi boca afiebrada
y en la seda sin par de su sexo.
Y un violento huracán de lujuria
convulsiona sus manos de lirio
y su monte de Venus se agita
bajo el beso que es dicha y martirio.
Luego aplasta mi pecho jadeante
la armoniosa esbeltez de sus senos
y penetro su carne, y su boca
se hace beso en el grito supremo.

Después, siempre es igual, sin palabras
crece el gran malhumor del cansancio
y qué frío y ausente es el beso
un instante después del orgasmo…
Otra vez el inútil intento
por creer que el amor está cerca
y dejar pesaroso la almohada
con el alma más vieja y enferma…

Desde mi sillón

He arrimado mi sillón a la ventana
y allá abajo a mis pies adormecidos
la viscosa serpiente de la calle
se retuerce en su gris tinte sombrío.

Un bostezo de noche la protege
un borracho babeante la atraviesa
y su paso de plomo tropezante
muerde en ecos la sombra de mi pieza

Con sus ojos de lámparas eléctricas
derramando fulgores enfermizos
parpadeando la calle despereza
su amarillo fulgor de oro ficticio.

Enseñando en su cuerpo lacerado
la herejía morbosa de la infancia
cruza escuálido un perro abandonado
las gastadas baldosas de la plaza.

Va golpeando su palo un vigilante
en la reja dormida de una casa
mientras hieren sus ojos penetrantes
los oscuros galpones de la fábrica.

Se despierta un letrero luminoso
pregonando estridencias de colores
y, alumbrado su rostro maquillado,
miente ya el cabaret dicha y amores.

Tenebroso panteón del hambre eterna
que alimenta su estómago vicioso
con los muertos que acuden noche a noche
a fingir que están vivos y dichosos.

Por sus fauces desfilan inconscientes
macilentos los rostros y las almas
y en la cueva brumosa de su boca
asesina ilusiones, y las traga.

Y vomita en la fría madrugada
la locura ojerosa y elocuente
de sus seres que muertos están vivos
y están vivos recién cuando se mueren.

Los espectros dolientes de la orgía
llorarán en la calle somnolienta
y debajo del traje de princesa
morderá su embriaguez la cenicienta.

A la fría pobreza de sus cuartos
correrán los robots desheredados
y también llevarán los opulentos
a su lujoso lecho igual cansancio.

Llora el rico de su alma la pobreza
y de enorme tesoro el pobre es dueño
pues al pobre le queda una riqueza:
la cuantiosa fortuna de sus sueños.

Y después, cuando el sol brilla en el cielo
y enrojece los grises edificios
es el cruel cabaret inocente abuelo
con su aspecto de viejo consumido.

Con qué gusto volcaría entre sus fauces
las estériles noches que me quedan
si pudiera lograr que no me abrace
este duro y fatal sillón de ruedas…

Tormenta

Como una enorme gata amarillenta
se acurruca la tarde en el ocaso
y dorando la tierra en un bostezo
guarda el sol otoñal sus rojos brazos.

Una nube se acerca amenazante
jineteando en el viento su arrogancia
y al galope de mil potros gigantes
ruge el trueno iracundo en la montaña.

La majada obedece temerosa
al ladrido del perro blanco y negro
que la empuja al galpón tibio y seguro
que recuesta su flanco junto al cerro.

El murmullo inocente del arroyo
es un grito de guerra adulto y bravo
y transforma su cauce cariñoso
en un río furioso y desatado.

Hasta el lobo que corre tras la oveja
con fulgor asesino en la mirada
se detiene espantado por la aurora
breve y blanca de un rayo en la quebrada.

El cuchillo de fuego parte un árbol
con certera y caliente puñalada
y cubriendo su cuerpo agonizante
tiende el viento con humo la mortaja.

Tras el crimen terrible y alevoso
borda el cielo su pena lastimera
llora el agua que brota de sus ojos
sobre el negro cadáver de madera…

Cansancio

Sombra gris de un pasado no lejano
que se aferra al recuerdo permanente
con la ausencia de un rostro y unas manos
que no encuentro en las horas del presente.

Padre, madre, novia, hermana y amistades
se diluyen en la bruma triste y fría
de distancia inevitable que me empuja
por un mundo de callejas sin salida.

Cual bandera de adiós trágica y muda
un pañuelo flameando en el espacio
bautizado con llanto de unos ojos
plenos siempre de amor, vejez, cansancio…

Y partieron mis pasos presurosos
tras el dulce espejismo envenenado
con promesas de cielos venturosos
amor fácil, placer, dinero, halagos…

Medio siglo me ordena que regrese
y no sé a ciencia cierta si he llegado
sólo sé que de lucha tan estéril
he logrado un trofeo: mi fracaso.

Hoy sin fuerzas al borde del sendero
me he tirado en el pasto del hastío
y mordiendo un bostezo de impotencia
he querido dormir y no he podido.

Me desvela el recuerdo de mi madre
que mantiene mi ser siempre despierto
la paloma cautiva de un pañuelo
que solloza un adiós y un sueño muerto…

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