En Estados Unidos, la justicia de ese país condenó a 18 meses de prisión por fraude de streaming musical a Michael Smith, un hombre de 54 años que publicó, desde 2017, miles de canciones en plataformas de música para luego inflarlas a través de bots de reproducción.
Según se indicó, los millones de reproducciones mensuales de las canciones del ignoto productor Smith superaban a artistas como Taylor Swift y habrían generado regalías por más de 10 millones de dólares.
La operatoria de Smith consistía en obtener y publicar canciones con IA, luego subirlas a plataformas como Amazon Music, Apple Music, Spotify y YouTube Music para luego estimular sus reproducciones mediante un software en el que miles de cuentas falsas -pero operativas a los ojos de las plataformas- reproducían sin parar canciones que él mismo decía haber compuesto.
Junto con la condena a prisión y tras declararse culpable en marzo de este año, Smith deberá devolver ahora más de 8 millones de dólares y cumplir con dos años de libertad condicional supervisada.
El escenario y las preguntas
La condena a Smith -la primera persona en el país acusada penalmente por fraude de streaming asistido por inteligencia artificial- alimenta el debate de la música y el arte dentro del ecosistema digital y financiero de las plataformas.
Al compás del caso particular, se extienden a otros escenarios paralelos el modo operativo. ¿Quiénes fiscalizan los mecanismos del conteo de reproducciones? ¿Cómo interactúan en ese contexto los acuerdos entre discográficas y plataformas? ¿Qué poder de vigilancia, regulación y monopolio de escucha detentan las grandes empresas de streaming musical? ¿Qué dinámica se establece entre los sellos discográficos “main”, las plataformas y las “granjas de clics”? ¿Quiénes y cómo se define la visibilidad de los artistas en este ecosistema?
Es decir, ¿quiénes ganan con las plataformas musicales? Y más aun, ¿a través de qué mecanismos de software y acuerdos se obtienen los resultados?
Smith lo hizo, pero ¿cuántos Smiths “legales” se filtran en nuestra escucha musical “genuina”? Un modelo que pendula entre las opacidades y estrategias del negocio digital de la música y las transparencias de un supuesto destino libre y voluntario del oyente y los artistas. ¿Estar y sobreadaptarse al ecosistema o salir de él y pagar el precio del anonimato y la ausencia de clics? ¿Alguna opción?
Mientras tanto, conviene tener presente que la canción “Walk My Walk” de Breaking Rust, un artista generado con IA, alcanzó el puesto número uno en descargas dentro de un ranking elaborado por la revista Billboard.
