En enero de 1977, en su número 6, la revista Expreso Imaginario publicó una charla con Astor Piazzolla que fue tapa de la mencionada publicación. Firmada por Pipo Lernoud y con la participación de Jorge Pistocchi, la conversación mostró a un Piazzolla que, como siempre, fue de frente con sus opiniones.
Esta vez, el bandoneonista compartió su mirada -vitalista- sobre los músicos de rock, el vínculo con el tango, la condición del creador y el accionar de la industria cultural de aquellos tiempos. Un análisis del futuro inmediato de la música argentina, en medio del “boom” de la escena y los vientos entrecruzados de un horizonte de “música urbana”.
“Creo que es más positivo lo que pueden hacer los jóvenes que están en el rock que los tangueros mismos”, decía Piazzolla en una entrevista que se produjo en el último tramo de 1976 y se publicó poco después en 1977.
Y agregaba sobre las generaciones venideras de artistas: “Le están dando una verdad al público. ¿Sabés cuando fue la última vez que se les dio la verdad al público, en cuanto a música se refiere? En el 40. En la época de Pichuco, de Gobbi, de Pugliese, de los grandes poetas porteños”.
A continuación, se reproduce el texto completo, publicado en su versión original bajo el apartado “Bandoneones en el rock” y el título “La música es un virus”.
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La música es un virus
Después de treinta años de evolución musical, materializados en más de 40 lps editados en diversas partes del mundo, Piazzolla desembocó en el rock. A su regreso a Buenos Aires no titubeó en montarse a la ola del momento hablando abiertamente en lugares tan heterogéneos como los almuerzos de Mirta Legrand, el programa Todos Juntos Ya y la revista Radiolandia, de que sus sucesores en el puesto de vanguardia de la música de Buenos Aires serían las nuevas generaciones de “pibes de rock”.
Como el Expreso ya lo conocía, y había iniciado el tema en su número uno, decidimos profundizar aquel primer reportaje, coincidiendo además con su recital a precios populares en el teatro Gran Rex.
Para conversar con Astor, fui a verlo (después vendría a unirse Jorge Pistocchi al reportaje) a Trova, la grabadora que edita sus discos, donde Piazzolla se mueve con su habitual soltura.
Calado hasta los huesos por una tremebunda lluvia veraniega, llegué a una amplia oficina, donde sentado alrededor de una mesa de directorio, escuché a Piazzolla hablar de rock, de la creatividad, de las compañías grabadoras, y describir intensamente su propia obra.
“El creador descubre las cosas de a poquito; va eliminando lo malo y va guardando lo bueno”
La patada inicial la dio Piazzolla hablando de Agri, de Mederos y de todas las nuevas cosas que hacen los que están en el tango de vanguardia.
No son malos músicos, pero creo que es más positivo lo que pueden hacer los jóvenes que están en el rock que los tangueros mismos. Yo dije hace muchísimos años que el futuro de la música argentina está en los músicos jóvenes. El día que los pibes de 16 o 18 años estudien música, y cuando salgan del conservatorio se encuentren con que el camino está abierto, ahí van a empezar a pasar las cosas. Me da la impresión de que los conjuntos como Alas, Spinetta, Crucis o Charly García, van a tomar un rumbo porteño, y ahí está el acierto más grande.
Va a pasar como cuando salieron los Beatles en Inglaterra. Al principio a mí no me gustaban los Beatles, pero un día un amigo me dijo: ahora todos los chicos en vez de estar en la calle vagabundeando o robando, están estudiando y tratando de tocar como ellos. Y el tipo tenía razón. En Argentina yo pienso que va a pasar lo mismo. En vez de salir a milonguear, o gastar la plata de papá, los pibes se van a poner a estudiar la guitarra o el bandoneón o la flauta y comprarse aparatos eléctricos y entrar en un mundo que está ocurriendo ahora en 1976.
¿Vos pensás que detrás de la música hay algo o es una evolución puramente musical? ¿Existe algo espiritual, una búsqueda que empuja todo este fervor de la juventud?
Hay necesidades. Es algo que te está pidiendo la sangre a gritos. Se ha cumplido un ciclo de vacío y ahora empieza esta gran explosión musical. lmaginate lo que va a ser dentro de dos o tres años, cuando toda esta gente tenga unos cuantos long plays más y haya empezado a descubrir sus propios defectos. Porque la música es así; no existe el individuo que descubre todo de golpe. El creador descubre las cosas de a poquito; va eliminando lo malo y va guardando lo bueno.
¿Qué es lo que mueve todo este boom de la música, este interés por estudiar y explorar musicalmente? Hace unos cuantos años no había tanta: gente que se moviera en ese sentido.
Pero si el fenómeno de los Leo Dan, los Palito, los Sandro, etc., todos eso tipos están desapareciendo porque llegaron los muchachos con los tanques electrónicos y están barriendo con todo. ¿Y sabés por qué barren con todo? Porque le están dando una verdad al público. ¿Sabés cuando fue la última vez que se les dio la verdad al público, en cuanto a música se refiere? En el 40. En la época de Pichuco, de Gobbi, de Pugliese, de los grandes poetas porteños.
Y ahora llegó algo que yo nunca me imaginé. La música del ruido, la música que antes era para distracción se convierte en una expresión de necesidades espirituales. Entonces vienen las ganas de estudiar, las ganas de trabajar juntos y empiezan a pasar cosas.
“A mí me encanta asombrar. Yo toco para dar ciertas sensaciones a la gente”
En ese momento una secretaria de Trova anuncia a Jorge, que llega empapado después de atravesar la densa cortina de lluvia, a incorporarse a la conversación. Entre los saludos y los comentarios, Piazzolla cambia de tema y se sumerge en un intenso llamado a la libertad creativa.
Los jóvenes tienen que perder el miedo. El miedo a no comer, el miedo a no grabar, no trabajar, etc. Cuando se dan cuenta que tienen algo que vale tienen que jugarse y no pensar tanto en lo que les pueden pagar sino en lo que pueden dar. Pensar a los veinte años en ganar guita es absurdo. Yo lo pienso así y yo fui así. Cuando formé mi orquesta dije: “muchachos, vamos a salir a luchar juntos, vamos a ganar todos Igual, funcionando como una cooperativa. Yo lo que quiero es ensayar y tocar”. Y ellos me acompañaron durante muchos años. Yo hacia los arreglos y no cobraba un centavo más. Mi preocupación era asombrar con cada nuevo arreglo. A mí me encanta asombrar. Yo toco para dar ciertas sensaciones a la gente. Me gusta que cuando yo hago un acorde haya un tipo que levante una pata o alguien pegue un salto. Yo observo la cara de gente y ese es mi goce personal,
El asunto ahora son los jóvenes que vienen detrás. Que ellos no aflojen por nada del mundo. Y no van a aflojar porque tienen mucha fuerza y porque les está dando resultado el esfuerzo. Hasta les está dando resultado económico.

Pero -interviene Jorge- hace años que vienen trabajando sin ganar un peso, no siendo aceptados por las grabadoras ni por los circuitos de difusión, así que eso de no tener miedo se dio siempre en el rock.
Yo acuso constantemente a las grabadoras, a los directores, a los disc-jockeys. Los acuso porque son absolutamente sordos y tienen poca visión. No se dan cuenta de lo que viene. Fijáte vos que tontería, un tipo que está en una empresa y no se da cuenta de que lo que va a triunfar en el futuro.
Pero ellos están detrás de lo que se vende -sigue Jorge- no de lo que viene.
Pero están equivocados. El músico que hace música de verdad es el que tiene razón. Cuando un tipo quiere grabar un tema de 20 minutos los de la grabadora le dicen que no puede ser porque no se lo van a pasar por la radio. Entonces el músico dice: “que no lo pasen, pero yo quiero grabar esto”, “no, eso no se puede grabar”, le responden. “Bueno, entonces no grabo”. Y se las tiene que aguantar. Porque sino vamos a estar siempre en la misma jaula, haciendo lo que quieren ellos. Y te comen. Te comen crudo (…) No me olvido nunca de que en el año 60 yo quería grabar un disco para RCA y allí estaba Mejía que fue el causante de todo el desastre musical de esa época. Y él me dijo: “Yo lo dejo grabar como usted quiera con la condición de que, aparte, usted me grabe un disco bailable”.
Yo acepté el desafío. Le grabé dos long plays, uno bailable y el otro como yo quería. Y el bailable no se vendió nada. El que se vendió fue el otro, el que tiene “Adiós Nonino”, “Berretín”, “Calambre”, todas las cosas que a mí me gustaban.

Nos cuenta que va a grabar un oratorio con Waldo de los Ríos y un disco medio meloso con Michel Legrand.
No importa, es siempre un puente hacia otra cosa grabar con esos tipos. Lo voy a hacer seriamente, porque la música es mía y va a sonar bien. Después voy a escribir una pequeña obra para tocar en el Vaticano (porque yo también tengo mis golpecitos místicos, pero en vez de ir a la India me voy a Roma, que sale más barato el pasaje).
Vos hablas siempre de que hay que escuchar a toda la gente nueva del jazz y del rock, pero también (en el reportaje que está en nuestro número uno) decías que cuando intentaste hacer jazz-tango salió una cosa híbrida que no era chicha ni limonada.
iAh, no! Son dos cosas distintas. Yo por ejemplo voy y escucho a Chick Corea o a Herbie Hancock o a Emerson, Lake & Palmer y ellos me impactan y me voy a casa a escribir. Pero no para repetir lo de ellos, sino para escribir lo mío. Eso me da ánimo. Lo híbrido es cuando voz mezclás, como hice yo en New York en el ’58 que tocaba temas de jazz en tiempo de tango. Era un minestrón insoportable.
¿Y eso no le puede pasar a los músicos que empiezan?
No, ellos tienen que escuchar música de todo el mundo. Incluyendo a Bela Bartock, Hindermith, Alban Berg, música aleatoria, etc. Eso se les va infiltrando, se les mete debajo de la piel, y de allí saldrá la música de Buenos Aires hecha a la manera de ellos.
Y, repito lo que decía antes, no deben tener miedo. A veces un músico tiene que olvidarse de la familia, de los amigos, de los lujos, de todo. El creador es un gran egoísta. El que no es egoísta tiene que dedicarse a otra cosa. La música absorbe toda tu vida. A mí la música me tiene agarrado como un virus desde que tengo 9 años.
